
Un experto en derecho constitucional que formaba parte del propio órgano de control de la FIFA acaba de sentarse ante El País para decir, sin rodeos, que Gianni Infantino no respetó ni las leyes de la organización ni la independencia de los cuerpos que deberían vigilarle. Joseph Weiler ha dimitido de la Comisión de Gobernanza de la FIFA — y no se ha ido en silencio.
Weiler no es un crítico externo con un micrófono y un agravio. Era miembro de la Comisión de Gobernanza de la FIFA — uno de los organismos creados precisamente para que alguien, dentro de la propia estructura, pudiera decirle al presidente que se había pasado de la raya. Según su entrevista con El País, Infantino habría vulnerado las leyes internas de la FIFA y habría comprometido la independencia de los órganos de supervisión que deben actuar como contrapeso al poder ejecutivo.
Las acusaciones son de calado institucional, no de vestuario. No se habla de un escándalo de fichajes ni de una pelea de egos. Se habla de si el máximo responsable del fútbol mundial respeta las normas que él mismo preside — y de si los mecanismos diseñados para controlarlo tienen libertad real para funcionar.
Estamos en pleno ciclo mundialista. La FIFA de Infantino lleva años construyendo una narrativa de reforma y transparencia — la herencia directa del terremoto del escándalo de corrupción de 2015. Weiler formaba parte de esa arquitectura de control. Su dimisión, y sobre todo las palabras con las que la acompaña, sugieren que esa arquitectura tiene grietas.
Un jurista constitucional no dimite de un cargo de este tipo y concede una entrevista a un medio de referencia internacional por capricho. Eso, de por sí, ya es la noticia.
Importa ser precisos: esto es, de momento, una sola fuente. Weiler habla; la FIFA y Infantino no han sido citados respondiendo a estas acusaciones concretas en la información disponible. Las circunstancias exactas de los incidentes que describe no están detalladas en el extracto público de la entrevista. Las alegaciones son graves — y merecen una respuesta igualmente seria de la organización.
Lo que sí está confirmado es la dimisión y las palabras del propio Weiler a El País. El resto — la réplica de la FIFA, el alcance real de lo ocurrido — está pendiente.
La FIFA lleva décadas intentando convencer al mundo de que puede gobernarse a sí misma. Cada comisión de ética, cada órgano de control, cada reforma estatutaria ha sido presentada como prueba de que la casa está en orden. Cuando uno de los arquitectos de ese control abandona el barco y señala al capitán, la pregunta es inevitable: ¿quién vigila al vigilante?
Weiler no ha lanzado una acusación desde fuera del sistema. La ha lanzado desde dentro. Esa es la diferencia.
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Sources
El País — Deportes
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