
España es campeona del mundo. Otra vez. Pero esta vez, en las calles, entre banderas rojas y cánticos, había algo diferente — o quizás algo que siempre estuvo ahí y que un título de estas dimensiones ha sacado a la luz: una generación entera de aficionados que sienten La Roja como suya sin dejar de ser, al mismo tiempo, colombianos, marroquíes, senegaleses o rumanos.
Cuando el pitido final confirmó el título, las plazas de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla se llenaron de una mezcla que ningún guionista habría sabido escribir mejor. Junto a los de siempre, los que llevan décadas viendo a La Roja, estaban los que llegaron hace diez años con una maleta y un contrato temporal — y que ahora gritan campeones con la misma convicción que cualquiera.
Según recoge El País, varios inmigrantes y residentes de doble identidad explicaron estos días lo que significa este título para ellos. La frase que lo resume todo la dijo un aficionado colombiano afincado en España: "Me siento superespañol y supercolombiano". No hay contradicción ahí. Hay algo más honesto que eso.
Esta no es una historia nueva, pero el Mundial la ha amplificado. España lleva años siendo uno de los principales destinos migratorios de Europa, y su selección nacional lleva igual de tiempo siendo un punto de encuentro para gente que, sobre el papel, viene de otro sitio. Cuando Lamine Yamal — nacido en Mataró, con raíces marroquíes — se convirtió en uno de los grandes nombres de esta generación de La Roja, algo cambió en la conversación. No en el vestuario, que ya lo sabía. En la calle.
Lo que las celebraciones del 22 de julio han dejado claro es que la identidad española, al menos la que se vive en los bares y en las plazas cuando hay un partido, es bastante más ancha de lo que a veces se debate en los platós. Un colombiano que lleva doce años pagando impuestos en Leganés y que se sabe el himno de memoria no necesita que nadie le explique si puede o no puede celebrar este título.
Los Mundiales tienen esa capacidad extraña de convertirse en espejos. España ganó en 2010 y aquello fue el pico de una generación irrepetible — Xavi, Iniesta, Villa, Casillas. Este título de 2026 llega con otra selección, otra generación, y un país que también ha cambiado. El fútbol no ha cambiado España, pero sí ha sabido reflejarla.
Lo más significativo no es que inmigrantes y ciudadanos de doble identidad celebren junto a los demás — eso ocurre en cada Eurocopa, en cada clasificación importante. Lo significativo es que en 2026 ya nadie lo trata como una curiosidad. Es, simplemente, lo que es España ahora.
Alguien en una plaza de Madrid llevaba dos banderas anudadas al cuello: la española y la de otro país. No las separó en ningún momento de la noche.
España es campeona del mundo. Otra vez. Pero esta vez, en las calles, entre banderas rojas y cánticos, había algo diferente — o quizás algo que siempre estuvo ahí y que un título de estas dimensiones ha sacado a la luz:…
Fuentes
El País — Deportes
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