
¿Por qué se ponen máscaras los futbolistas?
¿Por qué se ponen máscaras los futbolistas?
Un jugador salta a por un balón dividido y, bajo la nariz, asoma un armazón negro pegado a la cara. No es una moda ni un disfraz: es protección médica para un hueso que todavía se está soldando.
La imagen es siempre parecida: un futbolista se lanza a un balón aéreo, choca con un rival o recibe un balonazo, y semanas después vuelve al campo con media cara cubierta por una pieza rígida, casi siempre negra, que le tapa la nariz y parte de las mejillas. Se nota al primer plano de televisión, en los saques de esquina, en los duelos por arriba donde más se pega la cabeza.
La razón es simple: ese jugador se ha roto algo en la cara, la nariz, el pómulo o el hueso alrededor del ojo, y la máscara existe para proteger esa zona mientras termina de curarse. No es un accesorio estético ni un gesto de club. Es equipo de protección, punto.
Lo interesante es que la máscara no cura nada por sí sola. Lo que hace es permitir que el futbolista vuelva a competir antes de que la fractura esté completamente consolidada, amortiguando un posible golpe o balonazo justo en el punto débil. Sin ella, cualquier impacto en esa zona durante las semanas de curación podría reabrir la lesión o complicarla. Con ella, el jugador asume menos riesgo al pelear un balón dividido o recibir un cabezazo accidental de un rival.
Para que funcione, la pieza tiene que cumplir dos cosas a la vez: ser dura para repartir el impacto y ligera para no molestar en carrera ni afectar la visión. Por eso suelen fabricarse en fibra de carbono o en plástico rígido, materiales que aguantan un golpe sin apenas pesar. Y no son de talla única: se moldean a medida del rostro de cada jugador, normalmente a partir de un escáner o molde facial, para que se ajuste bien y no se mueva cuando el futbolista suda, gira la cabeza o cae al suelo.
El color tampoco es casualidad ni cuestión de gusto. La inmensa mayoría son negras o transparentes, colores pensados para pasar lo más desapercibidos posible sobre la piel y no llamar la atención del árbitro ni del rival más de lo necesario. No hay una versión personalizada con los colores del equipo ni nada parecido: cumplen una función clínica, no publicitaria.
Lo que muchos aficionados no saben es que la máscara no es permanente ni definitiva. Se retira en cuanto el médico confirma que el hueso ha soldado del todo, algo que suele tardar varias semanas desde la fractura. Hasta entonces, el jugador entrena y compite con ella puesta en cada sesión, no solo en los partidos, porque el riesgo de un golpe existe también en cualquier entrenamiento con contacto. Una vez completada la curación, la máscara desaparece del todo y el futbolista vuelve a jugar con la cara descubierta, como si nunca hubiera pasado por ahí.
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